El Huequito

 

Carta a mi mamá

 

     Mamá, es esto lo que tengo. La elección casi rentable de una familia, para quedarme en el nido, eso habrías dicho, para tener un lugar cuando el mundo te ignora, cuando acecha el frío y la malaria abunda. Cuando no te regalan  flores y la primera piedra es la última que te deja todos  los dolores.

     Mamá, no pude ser dentista, ni escribana, ni poeta pero hice un refugio casi perfecto para esconderme cuando los de Afuera te sacan la lengua no por mala ni por fea, sino porque les da las ganas. A veces te corren con plumeros y alguna vieja escoba, porque la vida se roza con la muerte, y no se bancan. Pero yo toreo,  como Simón, el perro de Adelaida, que se quedó soltera para no sufrir. O como Carlitos, el hijo de la Española que anda mil puntos en su mundo, solo, porque es mejor que tener el quinto hijo, y darse cuenta que vocación de madre era lo que no se tenía.

      Por eso mamá, me quedé en la rotonda hacia el pueblo, esa que aconsejabas como búsqueda de no sé que lugar que existe sólo para vos y esos otros que no se confunden.

       Me quedé girando varios días y noches, imitando a la abuela  cuando se vino para Rosario. Salió el vapor, se subió con la idea de lo mejor: ser buena, sobretodo, trabajadora, obediente, mientras pudiera. Llegar a América.

       Mamá, pienso que así se habrán hecho los pueblos, con las agallas azules de algunos y con los perdidos.

        Cada uno de los viajeros, bajó en donde pudo. Yo hubiera fundado un pueblo en las montañas, no me hubiera ido. Nunca hubiera encontrado un camino. Todos hubieran ido hacia ninguna parte.

        No me hubiera bautizado, la comunión,  tampoco.

        Por eso el cura me dice que los diez ave marías son sólo para una parte de esta otra parte que sólo entiende el que estudió para escuchar “padre, tengo frío”…”padre, no hay trabajo, no voy a la escuela…me hicieron un hijo.”

        Pero no te creas,  mamá,  que todos son pecados.

        Además, sigo con lo de la abuela, seguro que el padrecito le habrá recordado lo de ser buena con la vida “que es puta la vida” habrá respondido la abuela mientras preparaba la valijita de cartón despintada que le regalaste a Fabio cuando se le dio por juntar recuerdos ¿te acordás?. Y le diste su rosario para que fuera más santito. Pobre Fabio, robaba bicicletas en la puerta de la escuela. Pero no le fue tan mal porque él confundía pecado y necesidad. No importa, allí, en la rotonda, estaré, con una boina negra, con el sueño dibujado y una fotografía de hijos que nunca tuve, perdidamente enamorada de otro que se quedó girando.

         Mamá, hice lo que pude con ese huequito que me permite descansar de penas y pocas, difusas glorias, hice lo que susurra el viento, indican las flechas y reclaman los silencios,

               me metí en el huequito,

                              sin llantos,

                       destemplada hasta la muerte,

                               sin llantos,

                                       mamá

                            y en el huequito.

 

De María Cristina Novelli,  “Esa Mirada”, Colección “Espacio de la Palabra”, Volumen VIII, Grafikar, noviembre de 2004.

*****



EL DELINCUENTE

 

El llamado llegó a la comisaría y los móviles se alistaron de inmediato. Tres patrulleros y dos motos para detener a un delincuente que había robado en el supermercado chino. Dos grupos de policía de calle tenían cerrada la zona hasta que llegaran los móviles.

En la puerta del supermercado un chino gritaba y parecía que lloraba mientras un policía trataba de contenerlo.

Una señora que había ido a comprar queso mantecoso y se había sorprendido por el precio, lo consolaba y le comentaba al policía que “así el país no iba a ningún lado” y que había que agarrar al ladrón y ponerlo a la sombra un buen tiempo así aprendía y no se abusaba del pobre oriental que sólo había vendido a trabajar a nuestro país “porqué ellos trabajan, no como los argentinos que les gusta rascarse y que después le den una bolsita y un subsidio”

Los patrulleros rodearon la manzana y divisaron al mal viviente que huía entre los departamentos en monoblock. Las motos comenzaron a entrar y salir de los edificios controlando el andar del ladrón. Los vecinos se asomaban a las ventanas e insultaban a la policía gritándole al joven por donde se trasladaban las motos.

Las radios de los patrulleros se mezclaban con pachanga de una radio del pueblo y el sonido quejoso del dueño del supermercado chino que no se sabía que decía pero gritaba descontroladamente y de fondo se escuchaba la señora que estaba comprando queso mantecoso que le insistía al policía que tiraran a matar así se terminaba con los vagos en el barrio.

Uno de los patrulleros vio la oportunidad y se metió al complejo edilicio rompiendo el cartelito de prohibido pisar el césped y arremetió seguido por una de las motos y por los policías de calles que gordos y equipados con miles de elementos tardaban una eternidad en hacer unos metros.

Los vecinos comenzaron a tirar desde sus ventanas todo aquello que podían contra la policía, mientras se acercaba al lugar del hecho un periodista agitado con su camarógrafo y su corbata desalineada para tener la primicia en el noticiero de la noche.

El delincuente quedó encerrado contra la pared custodiado por el patrullero, las dos motos, el periodista que se ajustaba la corbata el camarógrafo y más atrás los policías gordos de calle que llegaban sin fuerzas para detener a nadie.

Lo apretaron contra la pared, le golpearon la espalda, lo taparon con su propio suéter, le pidieron documentos, le gritaron “pendejo delincuente quedáte quieto”, lo revisaron para saber si tenía armas largas o de guerra o alguna pistola o algún cuchillo o algún tramontina. Comprobaron que estaba limpio que sólo tenía el producto del hurto.

Mientras el oficial de mayor rango se peinaba para dar la nota al periodista estrella que se había ajustado la corbata, otro oficial de menor rango, pero que hablaba fuerte para que lo tomara el camarógrafo que a esta altura miraba sorprendido por el operativo, se comunicaba con el agente de calle para informarle al chino que se había detenido a un joven con elementos sustraídos del local y sería llevado ante la fiscal de turno para proceder según la ley a su encarcelamiento.

La señora que a pesar del precio ya había comprado el queso mantecoso en solidaridad con el oriental asaltado, seguía gritando que lo mataran y lo tiraran al río, así se daba el ejemplo y se terminaba con la juventud degenerada de este país, que no eran como su hijo que era un buen muchacho y estaba estudiando como voluntario del Ejército Argentino.

El patrullero al dar marcha atrás pisoteo las flores que puso el intendente en el barrio, próximo a las próximas elecciones, las motos volvieron a pisar el cartel de prohibido pisar el césped, el periodista estrella cerró la nota realzando la labor de la policía y una vez apagada la cámara le aclaró al oficial que los papeles del auto que compró estaban en infracción y que necesitaba una tarjetita para circular libremente. Los vecinos cerraban las ventanas indignados.

……….

-  Bien, ¿tu nombre?

- Esteban

-¿Edad, Esteban?

-         19 años

-         ¿Con quien vivís?

-         Con mi mamá y 6 hermanos menores, doctora

-         ¿No tenés papá?

-         Murió hace 9 meses, tal vez recuerde, el chacarero que fue golpeado por el caballo y tuvo un derrame cerebral

-         El que…

-         Si, nosotros donamos sus órganos

-         Recuerdo Esteban. Contáme que pasó

-         Después que murió papá yo salí a trabajar y conseguí, por haber sido un buen alumno en matemáticas, trabajo en el supermercado chino como administrador o algo así, ellos no usan contadores legales.

-         ¿El mismo supermercado chino que robaste?

-         Le explico. Los primeros cinco meses me pagaba al día, pero en los últimos me pidieron que comenzara a hacer aparecer como faltantes porque tenían que presentar quiebra, ya que cada un año cambian de dueño para evitar impuestos por la ley de migraciones económicas.

-         ¿ Y que pasó Esteban?

-         Me negué, porque me parecía una falta de ética actuar así

-         ¿ Y que pasó?

-         Me echaron y me dijeron que pasara a cobrar después. Gracias a un ex profesor mío el mes que viene comienzo en otro trabajo que me va a permitir seguir estudiando, pero el chino no me pagó y hoy fui a reclamarle porque no teníamos que comer y me enojé y reaccioné mal

-         Que barbaridad, Esteban, vos…

-         Si, sé que estuve mal, pero…

-         Esperáme que voy a llamar al oficial que te trajo

-         Doctora, yo no tengo problemas en cumplir lo que sea por lo que hice, sean los días que sean, pero por favor, le podría mandar el pollo que robé a mamá, porque mis hermanos ya hoy no tenían que comer en serio...

 

De Roberto Moscoloni
***

Historia de un Samurai.

 

Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a  cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por  su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo  y aumentar su fama. Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.

Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros.

Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro soportara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

__ ¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podrías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El maestro les preguntó:

__Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio?

__A quien intentó entregarlo__respondió uno de los alumnos.

__Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos__dijo el maestro.

Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

 

De Autor desconocido.

 

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