SUEÑO-
 
“Lucía creía en el Paraíso, pero se sentía mucho mejor en casa. Para despistar a la muerte dormía cada noche en un lugar diferente, y siempre algún tataranieto la ayudaba a correr la cama de lugar. De oreja a oreja sonreía pensando en el chasco que se llevaría la parca cuando viniera a buscarla…”
 
Ahora,
en este sueño
Lucía dio un paso al otro lado.
Miró desde allí el mundo de los vivos.
No se veía vieja.
Estaba con sus hijos
sin achaques.
La muerte
ausente en ese espacio
Miraba con los ojos de la vida
¡ qué distinto era todo!.
Cigarrillo y vino
no hacían falta.
Era otra vida
en otro cuerpo.
Quiso avisarle a los de abajo
no se hagan problemas
disfruten de la vida..
Pensó
más  vale poco y feliz.
Lucía - le dijeron
debes volver.
No quiero- dijo.
Volver, es obligatorio
por que esto es un sueño
no la muerte.
Despertó
con un crucifijo en el pecho.
Se veía más joven.
Disfrutó del espejo
su enemigo de siempre.
Riera como riera
su carcajada se escuchaba.
Sin esfuerzo
cruzaba los puentes de la comarca.
Sacó afuera sus malvitas
para que las regara la lluvia.
Disfrutó del vino
como nunca
Saboreó a lo largo
el tiempo del cigarrillo
Saludó a la muerte.
Ya sabía
que pasaba del otro lado.
 
Versión Libre de Jorge Carrizo. Trabajo de taller sobre “ EL VINO”, de Eduardo Galeano.
 
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EL PASE PERFECTO
 
Lo que pasó en aquel estadio esa noche fue ¡ fantástico!, ¡mágico!, ¡hermoso y emotivo!
Nadie lo podrá olvidar nunca.
Para algunos fue ejemplo de amor fraterno, la fuerza del amor.
A otros, les dejó una sana sensación de envidia.
Para muchos, fue la esperanza de volver a encontrarse con sus seres queridos que ahora habitan en el cielo.
Pero yo relataré los hechos tal y como ocurrieron, y la causa de los sucedido.
 
Eran dos hermanitos: Diego y Matías.
Matías, de mirada triste y como perdida, con una boca de labios anchos y carnosos, especiales para besar, era muy mimoso y su cabello rubio enmarcaba su carita de ángel.
Diego, de ojos vivaces y cara de yo no fui, era muy travieso; su diversión más frecuente era molestar a Matías. Lleno de gesticulación y movimientos bruscos, solía sacar de quicio a sus padres. Pero ¡cuidadito!, que nadie tocara a Mati en el colegio, porque él, que era el mayor, salía como rayo a defenderlo. Y cuando alguien de la familia le compraba una golosina, la compartía siempre con su hermano.
Ambos desecharon el deporte favorito de su padre, que se destacaba en artes marciales, y se inclinaron por el fútbol, haciendo el orgullo de su tío Oscar, que les había regalado una linda pelota de cuero.
La pasión creció en los dos. Diego era el habilidoso que le entregaba los pases a Matí para que convirtiera los goles.
Juntos llegaron a Vélez para probarse, y juntos fueron escalando las divisiones. Eran unos pibes queridos y admirados, y no tenían más que 17 y 18 años cuando el técnico los convocó para debutar con el primer equipo. Locos de contento, entrenaron más que nunca.
Matías, el menos habilidoso, entrenó más. Le pedía a su hermano que lo acompañara ¡hasta de noche!. A Diego no le gustaba mucho ese desmesurado esfuerzo, pero entendía a Mati, que siempre tomaba sus cosas con más responsabilidad que él.
El esfuerzo de Matías fue tremendo. Cuando, en el parque, su hermano corrió asustado a socorrerlo, su pecho latía como un caballo desbocado. Diego se desesperó mientras pedía ayuda.
En la ambulancia, Mati le dijo:
__Si yo no puedo jugar, vos no faltes. Y no te olvides de mí.
El corazón de Matías no aguantó.
 
Lo enterraron ese domingo por la mañana ¡el día del debut!. Diego entró a la cancha llorando; sesenta mil personas lo miraban.
Jugó como nunca. Marcó un gol de antología, y faltando un minuto, tomó la pelota en el centro de la cancha. Y cuando todos pensaban en un pase al compañero más cercano, sacó una patada tan violenta hacia arriba que el estadio gritó un ¡Uuuuuuuh! de admiración. La pelota se empezó a elevar, elevar…elevar, elevar…
Todo el estadio quedó mudo.
Cuando lo vieron a Diego, arrodillado, y con las manos elevadas en el centro de la cancha, el aplauso fue apoteótico.
Nunca nadie pudo haber hecho un pase tan perfecto, un pase que demostró que Diego y Mati aún estaban conectados.
 
Hubo gente que se quedó varios días mirando el cielo, pero la pelota nunca bajó.
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Leyenda del Río Negro.
 
                      Flor Nueva, había soñado desde niña con tener una caracola para escuchar el rumor del mar. Para ello, sabía que debía caminar muchas leguas hasta encontrarla, pero también,  que su padre no se lo permitiría, de modo tal,  que decidida a tenerla, emprendió una noche, sin ser vista, el camino hacia el mar, guiándose por las estrellas, porque era un camino que nunca había hecho.
                     La ruta era   larga y fatigosa. Debía además luchar contra el viento, que conociendo sus intenciones, trataba de impedirle que avanzara susurrándole al oído sobre los peligros que encontraría. Además, la prevenía diciéndole que Neuquén y Limay-(los ríos que forman el Río Negro), sus dos pretendientes, también trataban de llegar al mar, disputándose su amor y en busca de la caracola para obsequiársela. Aquél que la consiguiera tendría su amor.
                   Flor Nueva, le pidió al viento, que la ayudara a llegar antes que ellos, que ella sólo quería oír el sonido de las grandes olas, que la caracola solo podía encontrarse en la playa. El viento le dijo entonces que sólo lo haría si le entregaba su amor después de oír el rumor del mar. Flor Nueva, sin pensar y sin dudar consintió en ello. El viento sopló más fuerte, arrastrándola con sus ráfagas. De ese modo llegó a la playa, buscó y buscó, pero nada encontró. Miró un instante el mar, sintió su infinita fuerza, pero decepcionada porque tendría que irse de allí sin su caracola, le dijo al viento que nunca sería suya.
                   La envidia de éste por ser desechado, le hizo decir a Flor Nueva que sus dos pretendientes Neuquén y Limay, llegarían  al mar y que seguramente serían seducidos por las hermosas doncellas que habitan en sus profundidades.
                   Entonces,  Flor Nueva, decidida a no pertenecer a nadie que no le permitiera tener su caracola, se internó en el mar. El viento, nada pudo hacer con sus ráfagas, cuando soplaba más fuerte tratando de retenerla, el oleaje era mayor y de ese modo cubrió a Flor Nueva con una inmensa ola y la llevó consigo a las profundidades.
                  El viento, espantado porque con su acción la había perdido, llevó la noticia a los dos ríos que la disputaban. Cuando Limay y Neuquén supieron que Flor Nueva había muerto para ellos, y que ahora pertenecía al mar, se unieron en su dolor y de ese modo, de esa unión,  nació un nuevo río, el Río Negro que llega al mar después de atravesar bardas y montes por muchos kilómetros buscando a Flor Nueva, uniendo sus aguas al inmenso océano.
                  Dicen que el océano, feliz de tenerla consigo, danza con Flor Nueva,  y el Río Negro, en su desembocadura,  une sus aguas al mar  y los contempla.
 
Alicia Mesa Garbin , Recreación de la Leyenda del Río Negro.
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"Cuenteros de la Buena Pipa"
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